Ahh juventud, divino tesoro. Más antes o más después, existe un momento en la vida de las personas en que comenzamos a relacionarnos con el sexo opuesto. Ya no nos tiran el pelo, ni nos irritan las risitas y los vestidos rosados.
Sin embargo, mientras más chicos seamos, más nos importa la opinión ajena. Y así como el gusto unico del hombre sub 18 son las quinceañeras precozmente exuberantes y con personalidades avasalladoras, normalmente todas suspiramos por aquel que ojalá haga deportes, sea bacan al peo, se vista de ropa de marca y sepa bailar. Y comienzan los lios, las peleas de amigas de años por el mismo espinillento al que le flamea la ropa cual bandera.
Pero hay una etapa para las mujeres que parece ser peor. Cuando por fin salimos del colegio, desarrollamos nuestros propios gustos y sentimos una atracción irresistible por un individuo atormentado y antisocial al que, cual heroína de teleserie, salvaremos con nuestro amor. ¡Qué romántico!
El individuo en cuestión demuestra pocos sentimientos y cuando se abre (¡solo con nosotras!), parece que necesita ayuda sicológica urgente. Si tocamos el cielo cuando nos cuenta lo cruel de la muerte de su perro de infancia, lo poco que lo pesca su mamá o su primera desilusión. Y caemos como moscas. Nos declaramos perdidamente enamoradas y entregamos TODO en el intento (incluso aquello).
Por mi parte, nunca anduve con un pelota como tal, pero puta que lo intenté, y de las que me salvé! Con mi primer pololo, me interesó por lo mismo, pero luego descubrí una persona totalmente diferente, divertido y relajado... y casi lo patee por eso! Pero no todas tuvieron la misma suerte, sino que se enamoraron (muchas veces el primer amor) de un pelota como el que describo, y los resultados fueron espantosos. Me acuerdo de mis amigas de colegio: Loretto, Ange, Cata etc, etc, en algún momento, todas victimas de estos atormentados al gas. Que horror.
Por lo general, la relación comienza a ponerse más y más tempestuosa con el tiempo. Comienza a afectar los amigos, la relación con la familia que ya no ve con buenos ojos la relación, si es que alguna vez le parecio bien. Terminos van, terminos vienen, declaraciones cruzadas y la caja de pañuelos en la pieza comienza a convertirse en una necesidad.
Pero algo comienza a cambiar en todo eso. Una extraña sensación comienza a crecer, nos sentimos más tranquilos cuando los vemos, miramos con hastío cuando viene el enésimo ataque de celos injustificado. A veces, sin querer reconocerlo, ya no nos interesa juntarnos con ellos. Y esa mirada de ayuda, nos parece de cordero degollado, tampoco encontramos sabias las frases de "el mundo se puede ir a la mierda" y nos empieza a dar vergüenza su comportamiento en público. Esas ansias de encontrar algo al final de él, algo que no revela, terminan en una desilusión: salvo quejas al mundo, no hay nada más que eso. Le perdimos la admiración que le teníamos en un principio.
Cuando por fin terminamos (sea que nosotras hayamos tomado la iniciativa, o cuando nos desenganchamos del amor ya no correspondido), aprendemos la mayor leccion de todas: las relaciones de pareja no son para darselas de heroina romántica. Y al cambiar el objetivo amoroso, tenemos amores muuuucho mejores.
Y la pregunta que siempre queda es que si no serán los mismos pelotas que nos enamoramos al principio, sólo que más maduros.
lunes, 2 de febrero de 2009
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